ARABIA SAUDITA

Estabilidad con reservas

La riqueza petrolera ha permitido que su monarquía permanezca al margen de las convulsiones que marcan a la región. Una geografía hostil obliga a la importación de alimentos, que la Argentina puede proveer con ventaja.

Estabilidad con reservas

 

Por Martín Borja

Cuando la historia se detenga sobre estos años, seguramente pondrá la mayor atención sobre Medio Oriente y África del Norte: el Magreb, la península arábiga y el Golfo Pérsico completan una ecuación explosiva desde que, hacia fines de 2010, las convulsiones sociales y políticas comenzaron a dominar a los países de la región. La llamada Primavera Árabe produjo un efecto dominó que hizo caer regímenes de décadas como los de Túnez, Egipto, Yemen y Libia, y llevó a una situación más que compleja en Siria y Jordania.

Arabia Saudita, en el medio de ese escenario, ha sabido sortear el huracán de las revueltas, aunque convive día a día con su sombra, el peligro interno del descontento popular, que devela en su origen la necesidad de reformas políticas y económicas profundas por parte de una monarquía sustentada en el petróleo, el Corán y el autoritarismo represivo. Esto no es todo: el reino saudí es arte y parte de un delicado juego de equilibrio regional, justo en el centro entre Israel e Irán, dos furiosos enemigos que hacen y deshacen ante la mirada vigilante de Estados Unidos.

El atraso en materia de derechos ciudadanos es ya conocido y evidente. En un sistema político hiperconcentrado de tipo monárquico, regido por los preceptos de la ley islámica (Sharia), casi no quedan intersticios de vida social que no estén dominados por la cuestión religiosa, no sólo en las ciudades santas, La Meca y Medina, sino en todo el país. Tal vez preocupado por los levantamientos vecinos, el rey Abdullah anunció en 2011 que, por primera vez, las mujeres tendrán derecho al voto en las elecciones municipales, única instancia política ciudadana, que se inauguró recién hace siete años. Lo que aparenta ser un gesto de apertura interna es además un intento por morigerar la pésima imagen que tiene el régimen de los Al Saud en el mundo occidental, como resultado del lugar de dominación de la mujer, la represión contra la minoría chiita y, en general, de la ausencia de libertades políticas y religiosas.

No obstante, la situación económica actual de los saudíes es sensiblemente diferente a la de sus vecinos. País de enorme importancia e influencia en la región, sus ingresos por riquezas petroleras le permiten, por un lado, fuertes inversiones de capital, y por otro, le dan resto al gobierno para aumentar fuertemente el gasto público, como una manera tácita de desactivar los gérmenes de protesta social. Si bien ostenta un PBI alto entre los países del Golfo, Arabia Saudita se queda un poco atrás en términos de renta per cápita. Se espera para los próximos cinco años importantes paquetes de subsidios que, según lo prometido, rondarán 130.000 millones de dólares. Esto le posibilitará al gobierno apuntalar ámbitos estratégicos como salud, educación, infraestructura, transporte y vivienda.

Ya es un hecho el agrandamiento del plantel de empleados estatales, que se suma al aumento en los salarios de todos los funcionarios públicos. En tanto, se anunció un ambicioso plan de 50.000 viviendas y no faltan megaproyectos de infraestructura y grandes inversiones públicas y privadas en el sector industrial. Ya en 2011, con una recaudación récord, la nación saudita gastó 25% más de lo presupuestado y se espera alrededor de 11% más para este año. La volatilidad en la cotización del crudo le permite muchas veces recaudar más de lo previsto y realizar sobregastos que dedica a lo más urgente, sobre todo en un contexto regional tan delicado.

No está de más recordarlo: Arabia Saudita es el protagonista principal en el mercado internacional del petróleo, ya que es líder en producción y exportación, y posee reservas de crudo estimadas en 264.000 millones de barriles, más del doble de varios de sus vecinos árabes. Por lo tanto, su papel en la OPEP es de gran peso. La empresa estatal Saudi Aramco está considerada como la más grande del planeta en producción y reservas de hidrocarburos. Además de operar el yacimiento onshore de mayor dimensión del planeta, Ghawar, posee las plantas refinadoras de mayor capacidad. En gas, no se queda atrás: tiene la cuarta reserva mundial después de Rusia, Irán y Qatar. De las exportaciones de derivados del crudo, que representan más de 40% del PBI, la mitad va a parar a manos asiáticas, específicamente a Japón, China, India y Corea del Sur. Otros destinos fuertes del petróleo saudí son, por supuesto, Europa y Estados Unidos. En este último caso, la incidencia es cada vez mayor. En 2011, Arabia Saudita pasó a ser el segundo abastecedor de crudo, como parte de una sociedad estratégica que se manifiesta también en lo político: el gigante americano, que lo sabe su mejor aliado en el Golfo, le vende gran cantidad de armas.

Los habitantes de los principales centros económicos del país perciben cierta estabilidad que, petróleo mediante, le otorga liquidez a la economía y, por tanto, permite una ampliación del mercado interno. La capital Riad, en el centro del país; Jeddah, sobre el Mar Rojo, y Dammam y Al Khobar, sobre la costa del Golfo Pérsico, son las ciudades por donde pasa el mayor desarrollo y la actividad productiva. La disponibilidad de energía barata para el consumo y la producción es uno de los pilares del crecimiento, y permitió que los saudíes se convirtieran en los mayores consumidores de petróleo de todo Medio Oriente.

La demanda local de energía se aceleró en los últimos tiempos a razón de 7% anual en petróleo y gas, lo que para algunos analistas constituye un peligro, en tanto que merma en alguna medida la capacidad de Arabia Saudita para seguir abasteciendo al mundo con su crudo. Con ese ritmo, las proyecciones indican que el país necesitará para dentro de 20 años un adicional de 80 GW de capacidad, tres veces más que la actual. Para ello, será necesaria una transformación que diversifique su matriz energética. En ese sentido, está desarrollando desde hace tiempo programas de producción de energía alternativa, tanto nuclear como solar, eólica y geotérmica. Por ejemplo, los sauditas firmaron con el gobierno argentino en 2011 un amplio acuerdo de cooperación nuclear que permitirá al INVAP proveer a ese país reactores nucleares con fines pacíficos, destinados al uso industrial, medicinal y agrícola. Se trata de aparatos de baja potencia destinados a la generación de electricidad a pequeña escala e incluso aplicados al proceso de desalinización de agua marina.

La sobreabundancia de recursos petroleros convive con la necesidad estratégica de bienes agrícolas. La escasez de agua es, sin dudas, la mayor dificultad que tiene la nación árabe para producir alimentos. De allí su interés no sólo por importar materias primas sino por invertir una parte de sus altos ingresos en ese sector y crear formas alternativas de abastecimiento. En 2009, el reino saudita tomó la iniciativa de crear un fondo de 5.000 millones de dólares para incentivar el desarrollo agrícola, destinado a que empresarios se asocien con otros países productores de agroalimentos y así contribuyan a asegurar el abastecimiento del mercado interno, en permanente crecimiento. A pesar de esas dificultades, Arabia Saudita pudo convertirse en las últimas décadas en un importante productor de trigo en la región, aunque hoy apunta a disminuir su rendimiento agrícola y trabajar con otros socios, al estilo joint ventures, o simplemente invertir en diferentes emprendimientos alimentarios. En ese sentido, cereales de todo tipo, arroz, soja y azúcar, y sobre todo alfalfa, son productos de particular interés para ese país, dotado de una geografía y un clima que no son propicios para la actividad.

Funcionarios del reino saudita han manifestado a sus pares argentinos el deseo de convertirse en “aliados estratégicos” en la producción de alimentos. El rol de Argentina y otros países sudamericanos es en tal sentido importante, aunque debería atender aún más a las necesidades de ese mercado. No obstante, las exportaciones nacionales a ese destino son cuantiosas. En 2011, según datos de la Cancillería, pegaron un salto hasta llegar a casi 570 millones de dólares, es decir, 85% más que en 2010. Esa cifra representa alrededor de 18% del total de las colocaciones argentinas en el mundo árabe y posiciona a Arabia Saudita nada menos que en el tercer lugar de ese universo, luego de Egipto y Argelia. La evolución del intercambio bilateral muestra un constante crecimiento desde hace una década, con una baja importante en 2009 —como efecto de la crisis financiera global— y un repunte considerable desde entonces. La Argentina abastece a los sauditas de maíz, pellets de soja, aceite de girasol y, en menor medida, de tubos para producción petrolífera, lácteos, pollos y miel, entre otros.

El país árabe tiene como socio comercial principal a Estados Unidos, y en menor medida a los países asiáticos. No obstante, en bienes específicos que hoy son adquiridos en terceros países, la Argentina podría posicionarse con ventaja. Es el caso de la carne bovina, que hoy le proveen Australia, Nueva Zelanda y Uruguay. O de químicos, plásticos, cueros y pieles, maderas y muebles, y aparatos mecánicos, que aquel país importa de forma habitual. También hay espacio para rubros como la metalurgia, la soja o la minería, donde Brasil se constituye como un importante competidor.

Siguiendo los pasos de China, Arabia Saudita se está convirtiendo poco a poco en una de las naciones que más tierras fértiles adquiere fuera de sus fronteras, tanto en algunas zonas de África y Asia como en América del Sur. En diciembre pasado, como expresión de esa tendencia, el grupo saudita Almarai —uno de los más importantes productores lácteos de Medio Oriente— adquirió por 83 millones la firma agropecuaria Fondomonte, que posee más de 12.000 hectáreas de tierras cultivables en las provincias de Buenos Aires y Entre Ríos, para producir maíz y soja destinados a forrajes. Tiempo antes, la provincia de Chaco anunció la entrada del grupo saudí Alkhorayef con 400 millones de dólares para la puesta en producción en territorios del Impenetrable, incluyendo obras de infraestructura hídrica para dotar de riego a un total de 200.000 hectáreas.

 

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