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La historia argentina tiene momentos luminosos, en los que el país se ubicó a la vanguardia de la región y trazó rumbos que dejarían huella y servirían de ejemplo a sus vecinos. El proceso iniciado con la Revolución de Mayo fue uno de ellos, pero no el único, por cierto. Sin embargo, tuvo también otros, en los que parecía sumido en la oscuridad o condenado a una decadencia irreversible. No siempre es fácil encontrar opiniones matizadas sobre la proporción de luces y sombras que exhibe el balance de estos dos siglos de vida independiente…

Editorial

 

La historia argentina tiene momentos luminosos, en los que el país se ubicó a la vanguardia de la región y trazó rumbos que dejarían huella y servirían de ejemplo a sus vecinos. El proceso iniciado con la Revolución de Mayo fue uno de ellos, pero no el único, por cierto. Sin embargo, tuvo también otros, en los que parecía sumido en la oscuridad o condenado a una decadencia irreversible.

No siempre es fácil encontrar opiniones matizadas sobre la proporción de luces y sombras que exhibe el balance de estos dos siglos de vida independiente. La historia, concebida como disciplina intelectual que procura reconstruir e interpretar hechos y procesos a la luz de las evidencias y del contexto en que se produjeron, no es precisamente pasión de multitudes. En cambio, muchos apelan a ella para validar en el pasado sus posiciones del presente o para confirmar prejuicios que le ahorran la no siempre grata tarea de construir una mirada crítica, incluso hacia el propio pensamiento.

Quizás por esas razones, tampoco es sencillo abordar estas tareas cuando se trata del posicionamiento internacional de la Argentina o de su comercio exterior. En buena medida, las marchas y contramarchas que exhibió el país a lo largo de su historia tuvieron su fundamento en visiones contrapuestas del mundo y de la economía, del papel del Estado y del mercado, aunque no siempre se expresaran abiertamente. Y algunos debates permanecen abiertos, a pesar del tiempo transcurrido.

Es que, en última instancia, el país se ha venido construyendo en torno de controversias de mayor o menor intensidad en las que previsiblemente se ponían en juego visiones, intereses, legitimidades y aspiraciones a menudo contrapuestas. No obstante, el problema no es la existencia de esos conflictos, sino su negación, su enmascaramiento, que constituyen la primera dificultad para enfrentarlos y encauzarlos.

La Argentina, como muchos otros países, está atravesada por ellos. Pasarlos en limpio, someterlos a un debate intelectualmente honesto y trabajar para resolverlos o encauzarlos constituiría un más que razonable homenaje a quienes construyeron esta gran nación con su esfuerzo, su voluntad, sus sueños y su pasión.

 

Roberto A. Pagura / Director editorial


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